martes, 16 de marzo de 2010

LA VIDA URBANA COTIDIANA HACIA FINES DEL SIGLO XIX



A continuación se transcriben 2 documentos que reflejan de que manera vivía la población urbana para fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Nótense la diferencia que había entre la clase obrera (principalmente formada por inmigrantes) y la elite tradicional.

LA VIDA EN EL CONVENTILLO.
La proliferación de los conventillos fue impresionante. En 1881 existían 1.821 casas habitadas por 65.260 personas, las que representaban el 21,6% de la población porteña. En 1892 la cifra se elevó a 2.192 y sus pobladores a la cantidad de 120.847, algo así como el 21,8% de los habitantes de la ciudad. En 1904 el número de inquilinatos trepó a 2.462 y sus moradores a 138.188, pero el porcentaje de inquilinos con respecto a la población total de la ciudad de Buenos Aires bajó al 14,5%. Esta tendencia levemente decreciente persistió, pero en 1919 todavía el 8,9% de los porteños vivían en casas de inquilinato.
Una de las características más significativas de las casas de inquilinato era el elevado índice de hacinamiento, ligado a las notorias deficiencias sanitarias.
Si bien las cifras proporcionadas por las estadísticas censales señalan una media de tres a cuatro personas por cuarto, éstas no expresan las diversas gamas de situaciones que se dieron en la realidad cotidiana de los conventillos. Los numerosos informes realizados por los médicos higienistas en las décadas del setenta y el ochenta y las publicaciones del diario La Prensa ilustran acerca de habitaciones sin aire y sin luz por carecer de ventanas, de cuatro o cinco metros por lado, ocupadas por más de media docena de personas; o como la situación que denunció un inspector del Departamento Nacional de Trabajo, que en 1907 encontró una pieza habitada por una familia de once miembros: los padres y sus nueve hijos.
Esas mismas habitaciones en donde vivían -comían y dormían- amontonados, casi sin lugar para moverse, se convertían en improvisados talleres en los que costureras, planchadoras, armadoras y sastres se integraban al tan mal remunerado sistema de "trabajo a domicilio".
El hacinamiento se vio agravado por el precario y a veces inexistente servicio sanitario de los conventillos, lo cual generó que estas casas se convirtieran en verdaderos focos de irradiación de las enfermedades infectocontagiosas. La instalación de agua corriente y redes cloacales a partir de los años ochenta benefició sin duda a los inquilinatos. No obstante, en 1904, el censo municipal registró un dato revelador de la precariedad en que vivía un gran número de inquilinos: el 22% de los conventillos de la ciudad de Buenos Aires no poseían baños -duchas y letrinas- de ninguna clase.
No es difícil imaginar lo que sería la vida cotidiana de estos hombres, mujeres y niños, o como los denominó un cronista de aquella época, de "estos verdaderos pueblos encerrados en una casa".
La carencia de cocinas obligaba a los inquilinos a usar braseros, que se encendían en los patios junto a las puertas de las piezas; de esta manera no era difícil que a la hora del almuerzo o de la cena estuvieran encendidos en el mismo patio 25 o 30 braseros. Los problemas se acrecentaban los días de lluvia, pues los inquilinos, violando las reglamentaciones no tenían otra alternativa que cocinar dentro de los cuartos. En 1882, el intendente Torcuato de Alvear auspició un proyecto -que nunca se concretó- para techar los patios de los inquilinatos y evitar de esta manera que los locatarios sufrieran las inclemencias del tiempo.
El patio del conventillo se convirtió en el espacio común de todos los inquilinos, donde se debía compartir tanto la pileta de lavar como la soga para tender la ropa o, cuando existía, la ducha y la letrina; la casi obligatoriedad de compartir estos elementos comunes provocó frecuentes reyertas entre sus habitantes. Pero el patio fue testigo también de la confraternidad que los inquilinos podían alcanzar en las fiestas y bailes que realizaban generalmente los domingos por la tarde a pesar de expresas ordenanzas que prohibían bailar y tocar instrumentos musicales.
Por otra parte, en el conventillo se instrumentó un eficaz sistema represivo que tuvo basamento legal en los reglamentos internos. A través de sus cláusulas, los propietarios y los caseros establecían las pautas de conducta que los inquilinos debían observar. También 10 hacían en los contratos de alquiler, que establecían el monto del depósito, del arriendo y las fechas en que debían hacerse efectivos.
El no cumplimiento del contrato por parte del locatario durante dos meses permitía efectuar al dueño la correspondiente demanda judicial y, como consecuencia, el inmediato desalojo de los demandados. Todo el peso del aparato judicial respaldaba a los propietarios y dejaba indefensos a los inquilinos.
El responsable de efectivizar este sistema coercitivo dentro del inquilinato era el casero o inquilino principal, individuo al que el propietario cedía parte de sus ganancias a cambio de encargarse de todas las tareas de la casa, desde la limpieza y el cobro de los alquileres hasta el mantenimiento del orden. Además, usufructuaba la mejor habitación, que generalmente daba" la calle, e incluso en algunos casos regenteaba una pequeña despensa. A partir de todas estas atribuciones el casero detentaba un poder arbitrario para con los inquilinos y quizás por eso durante la huelga que éstos realizaron en 1907, la ira colectiva se dirigió hacia los encargados, por lo que muchos debieron abandonar los inquilinatos o recurrir a la protección policial.
(Juan Suriano, "El conventillo". En Movimiento sociales. La huelga de los inquilinos lié 1907. Prólogo. Buenos Aires, CEAL-Historia testimonial argentina. Documentos vivos de nuestro pasado, n° 2, 1983.)

LA VIDA COTIDIANA DE LA ELITE TRADICIONAL.
Cuando los viajeros de la primera mitad del siglo XIX hablaban de Buenos Aires, no dejaban de mencionar la alegre libertad con que las mujeres de buenas familias recorrían las calles céntricas, iban de compras, coqueteaban con los dependientes del comercio y por la noche conversaban con soltura y sencillez en la tertulia familiar. Hacia 1910 la actitud de la mujer de sociedad era diametralmente opuesta. La moral victoriana había influido en la elite y el catolicismo francés, a través de los colegios de monjas venidas de Europa, había depurado la moral hispano colonial tornándola más intransigente aun. El rol femenino en la sociedad estaba sujeto a muchas limitaciones.
"Para no dar pretexto a murmuraciones era preciso aislarse de todo ser humano cuyo encuentro podría ser comentado de cualquier manera que se efectuase", observó un visitante extranjero. "Una mujer comprometida, justa o injustamente, era despreciada por la sociedad. La vida era imposible para ella. No era invitada ni se le devolvían las visitas. Si entraba en un salón, la frialdad de la dueña de casa y el vacío que se hacía pronto alrededor de ella, le daban a entender la inoportunidad de su presencia. Si invitaba a cualquiera a cenar, a tomar el té o a asistir una noche a su palco del teatro, nadie aceptaba. Hasta sus hijas perdían la amistad de sus amigas, y se dieron casos de algunas que, aun siendo ricas, tenían que casarse con jóvenes de un rango social inferior."
Como las mujeres permanecían en sus casas y los varones hacían vida de club, las separaciones dentro del mismo hogar eran relativamente frecuentes, pero la incapacidad para ganarse L, vida de las señoras de la elite les vedaba la sola idea de vivir por su cuenta. El arte de vivir exigía someterse sin protestas a las reglas del juego.
La educación era rígida sólo para las niñas en lo referente al sexo. Los varones eran tratados con dulzura, porque los criollos se estremecían de espanto al escuchar las historias de las azotainas que merecían los vástagos de la aristocracia británica. Tampoco era común educar a los hijos en internados, salvo cuando se quería viajar por un tiempo por Europa y de paso mandar a los chicos a Suiza o a Londres, a refinarse un poco. Hasta las madres más intolerantes cuando se trataba de juzgar la moral ajena se volvían débiles para con sus hijos varones, esos "niños bien" que ha definido Máximo Etchecopar: "Niño bien es prototipo de heredero, porque no es sino eso: un heredero. A sus manos van a dar todo lo que el pasado familiar -padres, abuelos, tíos- ha acumulado a lo largo de un siglo de vida argentina: dinero, hectáreas, toros y trigo, refinamiento y confort de la vida, conciencia plena de ocupar el primer plano en la sociedad; seguridad social ilimitada y, como si ello no bastara, arrojo físico, coraje personal. Todo eso sumado recibe el heredero y nada agrega a la suma". Esos niños mimados que sostenían amantes caras, concurrían a "lo de Hansen" en Palermo y se mezclaban con "taitas" y "malevos" en esquinas pecaminosas de la ciudad, como la de Esmeralda y Corrientes, dieron su tono desenfadado a la primera década del siglo. También se mostraron mayoritariamente reacios a todo esfuerzo y prefirieron arrendar la estancia antes que trabajada directamente, dilapidar sus rentas en Europa a emprender negocios o actividades que implicaran riesgo y trabajo; políticamente aceptaron la receta del fraude electoral sin intentar soluciones válidas para los nuevos tiempos. Tenían caprichos caros, sobre todo cuando el automóvil les proporcionó un juguete veloz y costoso ("Macoco" Álzaga Unzué, al volante de su automóvil, atravesó velozmente la vidriera de Gath & Chaves para comprarse un par de guantes). Tanto los niños bien como los más asentados miembros de la elite hacían una intensa vida de club, actividad reservada a los varones. Podían elegir entre el Club del Progreso, que ya empezaba a decaer, el exclusivo Círculo de Armas y el Jockey Club, cuya sede de la calle Florida era un alarde de buen gusto y de suntuosidad. Carlos Pellegrini, que había encargado el mobiliario del Jockey Club en Europa, estaba decidido a que, con sólo pisar el imponente hall del club, "el indio más guarango" quedara vencido y que todo su anhelo fuera que no se descubriera que no estaba en su lugar. En el interior de la biblioteca del Jockey se suavizaban las discrepancias políticas y "Julito" Roca podía cambiar ideas con los más encarnizados enemigos de su padre, el general y dos veces Presidente. El señor Beazley, tenaz opositor a la candidatura de Roque Sáenz Peña, fue visto en 1910 departiendo amablemente en la biblioteca con el estado mayor de la campaña electoral del que resultó presidente electo. Se hablaba también de negocios, de la calidad de los pastos pampeanos, de inversiones en tierras y fincas urbanas. Se jugaba al whist, al baccarat y al poker, se practicaba esgrima y se cenaba en el comedor. Todos los socios tenían conciencia de hallarse entre sus pares, algo así como miembros de la misma familia.
El arte de vivir extendía sus exigencias a los centros de veraneo. En las quintas suburbanas. donde las familias se encontraban más aisladas, las reglas no eran demasiados rígidas. Sí lo eran, en cambio, en los grandes hoteles de moda: Las Delicias de Adrogué, y el Tigre Hotel. inaugurado en 1900, sobre el río Luján. En ambos se desarrollaban grandes "saraos", a los que se llegaba en trenes especiales. Estos hoteles tenían sus habitués: a Las Delicias iban Carlos Pellegrini, los Martín y Herrera, los González del Solar y los Padilla, mientras que el Tigre Hotel era el preferido de Jorge Newbery, Mitre, Roca, Roque Sáenz Peña y las familias de Cazón, lrigoyen, Figueroa Aleorta y Elizalde. La gente conocida pasaba largas temporadas de verano en las estancias, y también se dirigía a las sierras cordobesas, donde el hotel Sierras de Alta Gracia y el de Ascochinga estaban de moda. Eran asimismo los lugares recomendados para los afectados por la tuberculosis, enfermedad que acosaba a la juventud elegante y que difícilmente se curaba. También se pasaban temporadas de invierno en Rosario de la Frontera o se cruzaba el Plata para descansar en Pocitos o en Carrasco, las playas orientales.
A principios del siglo XX, Mar del Plata se hallaba en un momento de auge singular. El rito del veraneo marplatense estaba minuciosamente prescripto y comenzaba con la preparación anticipada de fardos y baúles. Cuando todo estaba concluido, la familia --con sus sirvientes cargados de valijas y bultos y las infaltables sombrereras- partía a tomar "el Nocturno" para emprender un viaje en tren que se prolongaría por ocho horas. "Mamá -contaba María Rosa Oliver- no soportaba la idea de que durmiéramos entre las sábanas de la cucheta del tren. Luego de comprobar prácticamente que resultaba muy complicado llevar ropa de cama para tender la de los compartimientos, mandó hacer unos bolsones de piqué blanco en los que nos metió hasta el cuello, en torno al cual un cordón ceñía la bolsa ... " Los establecimientos más caros de Mar del Plata eran el hotel Bristol y, a continuación, el Progreso, el Victoria y La Perla. Era de rigor tomar el té en el edificio del Torreón, construido por Ernesto Tornquist en 1904, pasear por la lejana barranca de los Lobos y el Faro, y acudir a la playa donde debía cumplirse con el rito establecido: las mujeres se vestían con el traje de baño de zarga azul, con chaqueta y pantalones por debajo de la rodilla y chapoteaban cerca de la orilla vigiladas por el bañero. Rápidamente se regresaba al toldo, donde era preciso ataviarse como en la ciudad, incluido el corsé y el cuello endurecido por el almidón. Estaba prohibido por la moda tostarse al sol y alguna madre exagerada, como la señora de Urdinarráin, llegaba prohibir a sus hijas bajar a la playa a fin de que estuvieran lo suficientemente pálidas el sábado por la noche, cuando llegaba el tren de los maridos y los solteros.
(Félix Luna, Dir. Gral., "Nuestro siglo. Historia gráfica de la Argentina contemporánea". En n° 62, Buenos Aires, Hyspamérica, 1984.)

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